Recuerdos: En el pueblo

Mediaba julio de 1985 cuando fui a visitar a una amiga que trabajaba como profesora de enseñanza secundaria en un colegio rural al norte de Harare, Zimbabwe.

El segundo trimestre del curso escolar transcurría en aquel centro estatal, como en muchos otros, pese a la falta de docentes con la preparación adecuada y a la escasez de recursos que habían legado años de educación segregada.

Conocía la situación en razón del trabajo que entonces desempeñaba, pero mi viaje era personal y estaba teñido, no lo niego, de cierta curiosidad por ver cómo vivían quienes daban clase en las zonas rurales.

La casa, que mi amiga compartía con otra docente, era un rectángulo de ladrillo con paredes encaladas y un tejado de chapa ondulada.

El interior estaba dividido longitudinalmente en dos partes: una, a la que se tenía acceso desde la puerta principal y que servía de cuarto de estar, comedor y cocina; otra, dividida a su vez a lo ancho, donde se ubicaban los dos dormitorios.

La casa no contaba ni con electricidad ni con agua corriente. Mi amiga y su colega tenían una pequeña cocina de gas butano y una nevera de parafina; por la noche se iluminaban con una lámpara de gas —de esas conocidas como «camping gas»— o con linternas.

En el exterior, a ambos lados de la puerta había sendos bidones que contenían el agua con la que cocinar o lavarse. Si la memoria no me falla, en la parte de atrás de la casa, había un pequeño espacio vallado acondicionado para un aseo personal más completo: otro bidón suministraba el agua y, en el suelo, unos ladrillos sueltos evitaban que los pies se embarrasen durante la operación.

Para las necesidades estaban las letrinas, que, compartidas por varias casas, se ubicaban a cierta distancia de las mismas.

A pesar de las aparentes carencias, recuerdo aquel fin de semana con mi amiga como grato y placentero.

El sábado, después de desayunar, sacamos los sillones de metal y ratán a la parte delantera de la casa  y con unas cajas, que hacían las veces de mesitas auxiliares, improvisamos un cuarto de estar fuera.

Era invierno y la noche había sido fría, así que sentarse al sol, cada vez más intenso, resultaba muy agradable.

Cuando el domingo volvía a Harare, a mi casa con agua corriente y electricidad, a una vida que me permitía viajar y conocer otros lugares y otras circunstancias, no pude evitar pensar en la novela de Aldous Huxley Brave New World (Un mundo feliz).