Debía de ser septiembre de 1985 cuando, con un grupo de colegas, visitamos un centro de tecnología rural situado no muy lejos de Harare.
Se había concebido para adaptar la tecnología agrícola a las necesidades de los pequeños agricultores y contribuir de este modo a la mejora de sus producciones. De ahí que los principales cometidos del ente fueran la reparación de la maquinaria agrícola existente, el diseño y la fabricación de nuevas máquinas y herramientas, así como la formación, sobre todo profesional, de jóvenes en aquel entorno rural.
Pasamos el fin de semana en la finca donde se había instalado: asistimos al «estreno casero» de un video documental sobre el centro y recorrimos los alrededores, donde un río que corría entre cascadas alimentaba el pantano diseñado para irrigar los campos aledaños.
El domingo por la mañana nuestros anfitriones quisieron enseñarnos un lugar especial: la gruta en la que se depositaban los restos de quienes fallecían.
Se trataba de un sitio alejado tanto de la finca como de otras localidades ubicadas en la zona, así que hicimos parte del trayecto en un pick-up recorriendo la sabana hasta llegar al final de la pista; después por un camino estrecho pero muy trillado llegamos al pie de una colina de granito.
Fragmentada por la erosión, de sus hendiduras surgían arbustos frondosos que la cubrían casi por completo y disfrazaban la entrada a los ojos de transeúntes casuales.
Por ser el lugar sagrado en el que reposaban los antepasados, esto es quienes habían muerto pero aún seguían presentes entre los vivos, nos pidieron que, si queríamos entrar, nos descalzásemos por respeto y que dejásemos los relojes a la entrada para no perturbar el tiempo de quienes allí yacían.
Varios de los colegas, guiados por un par de anfitriones, se adentraron en la caverna y vieron, según dijeron al salir, varias momias. Confieso que yo apenas traspasé el umbral porque los cementerios siempre me han producido un desasosiego reverencial.
Creo que en esos lugares descansan —o se revuelven— quienes fueron, pero nos resultan intangibles, y son muchas las tradiciones que advierten de no molestarlos.
