Atrás quedaba la estación de unas lluvias, que, si no recuerdo mal, aquel 1986-87 habían sido torrenciales en Mozambique. Estábamos reunidos en un brunch sabatino a las afueras de Harare para celebrar otro de los regresos de nuestra amiga la granjera en el país vecino.
Nos contaba que las carreteras, o más bien lo que restaba de ellas a causa de la guerra y los aguaceros, eran casi impracticables; que organizar un convoy para llegar a Beira y a su aeropuerto había sido más difícil de lo habitual, y que había partido muy preocupada por las personas que dejaba en la granja.
Se alimentaban de los mangos y anacardos que aún tenían en la hacienda y de alguna gallina despistada.
Habían plantado algo de maíz, del que ahora tierno consumían lo justo, pero no sabían si, una vez seco y cosechado, podrían almacenarlo, pues temían una nueva requisa del gobierno u otra rapiña de la Resistência Nacional Moçambicana (Renamo).
—Las cosas están muy mal. —nos dijo triste y abatida.
—Pero si están tan mal —intervine yo—, la guerra tendrá que acabar ya.
—¡Ay! —respondió ella— Las cosas aún pueden empeorar mucho más.
Y tenía razón, la «paz» no llegó hasta más de un lustro después.
En cualquier caso, la conversación derivó de la situación catastrófica en Mozambique a las penurias extremas que podemos llegar a soportar, incluso «cotidianizar», las personas.
El diálogo me movió a recordar que, apenas unos días antes, los voluntarios de una ONG sanitaria me contaron cómo habían intentado llevar un cargamento de fármacos y otros materiales médicos desde la frontera de Zimbabwe hasta un hospital en la provincia lindante de Mozambique.
Por supuesto formaban parte de un convoy, iban debidamente identificados y transitaban por el Corredor de Tete —una de las tres rutas custodiadas por el ejército de Zimbabwe— cuando fueron atacados desde lo alto de la vaguada que atravesaban.
La escaramuza fue relativamente breve y el objetivo a las claras no era matarlos —aunque hubo heridos— ni saquear el cargamento, sino enviar el mensaje de que aquella ruta no era segura y seguía controlada por la Renamo, ahora financiada y apoyada por el gobierno segregacionista de Sudáfrica, con el respaldo de EE UU.
Reconozco que yo era por entonces bastante ignorante en lo relativo a las complejas relaciones internacionales de la Guerra Fría, en medio de la que me había criado y vivía; tampoco conocía los horrores y destrozos que comporta y lega una guerra, también a largo plazo. Aquel sábado comencé a abrir los ojos.
