Recuerdos: El cafetal

Creo recordar que fue en el trayecto de Cape Maclear a Lilongwe, último tramo de nuestro viaje por Malawi, cuando tuvimos la oportunidad de visitar una modesta plantación de café.

Habíamos dejado atrás el cabo y, rumbo a Salima, pasamos por Chipoka, una pequeña localidad en la que se ubica uno de los puertos más importantes del lago Malawi.

Las carreteras seguían siendo estrechas y de asfaltado discontinuo, pero la vida palpitaba en sus márgenes: gente sentada o yendo y viniendo, casas más o menos aisladas, pueblos en lontananza…

El lago, que a tramos se veía desde la calzada, había dejado zonas inundadas por las crecidas de su caudal, que a su vez eran consecuencia de las torrenciales lluvias estacionales.

De pronto, el desvío a un cafetal llamó nuestra atención y, sin dudarlo, decidimos dar el rodeo. Confieso que no recuerdo nada del acceso, ni siquiera si pedimos permiso para hacer una visita o simplemente nos colamos más o menos discretamente.

Ya desde la entrada se veía, al otro lado de la era, el cafetal: un aparente amasijo de arbustos de color malaquita, de hojas verde brillante, adornados en cada rama con cerezas de tonalidades diversas entre el verde aceituna y el rojo rutilante pasando por el amarillo entreverado.

El cafeto es caprichoso: sus frutos del tamaño de una oliva, maduran cada uno a su aire y su peciolo es muy cortito,  tanto que, a primera vista se diría que los frutos surgen directamente de la rama; de ahí que su recolección sea tan laboriosa, pues ha de hacerse a mano y con esmero.

Luego, en la finca que estábamos recorriendo, la carga de las cestas se vertía en una especie de alberca con una centrifugadora. De la misma partía una acequia por cuya corriente rolaban las pulpas, que al final de aquel periplo, se aprovechaban para usos varios.

Los granos de café, únicamente dos por cereza, se retiraban de la centrifugadora y, para que se secasen, se esparcían primero sobre el suelo de cemento y, al poco, pasaban a unas mesas cuyo tablero era un bastidor con una malla. Después se almacenaban en un cobertizo cercano.

Y si la memoria no me falla, el establecimiento contaba con una máquina que tostaba  parte del café antes de ensacarlo. Fue allí donde aprendí la diferencia entre el café de tueste natural y el torrefacto —al que durante el proceso se le añade el azúcar que le da ese color oscuro y ese sabor amargo—; también me enteré de que hay muchas variedades de café, aparte de la arábica o la robusta.

Ahora, cuando por la mañana muelo el café para preparármelo de puchero al estilo turco, pienso a menudo en aquel cafetal.

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