Recuerdos: Vestigios

Volvíamos de haber pasado un fin de semana en las montañas de Nyanga, cuando, mientras repostábamos gasolina, vimos al otro lado de la carretera un hotel de aspecto acogedor.

Era la primera hora de la tarde y nos sedujo la idea de merendar, así que entramos en el Troutbeck Inn y pasamos a un salón decorado al más puro estilo inglés: con su chimenea y sus sillones orejeros tapizados de esas telas que proporcionan un ambiente cálido y acogedor en entornos fríos y nubosos.

La vista era idílica: un lago, en realidad un pantano —el Troutbeck—, rodeado por suaves colinas vestidas de bosque. Entre las copas de los pinos patula, los eucaliptus y las acacias,  despuntaban aquí y allá los tejados de pequeñas construcciones más propias de la Europa montañosa que del África sabanera.

Inducidos por el entorno pedimos, ¿como no?, tea and scones, o sea té y esa clase de bollos pequeños típicamente británicos que se comen partiéndolos horizontalmente y untándolos con mermelada y nata.

Aunque seguíamos en las elevaciones tectónicas meridionales del Valle del Rift africano, parecía que nos hubiéramos trasladado a la campiña inglesa, si bien aquí resultaba cuanto menos llamativo que todos los clientes fuéramos blancos y quienes nos atendían, negros.

En algún momento, me dirigí a un camarero para preguntarle dónde estaban los servicios y, con todas sus indicaciones en la cabeza, salí al pasillo en el que se ubicaban otras dependencias, como la biblioteca, y algunas habitaciones.

De las paredes colgaban unas fotografías antiguas, que llamaron mi atención: se trataba de instantáneas tomadas a finales de la década de 1940, cuando comenzó a diseñarse lo que luego sería un paraje destinado a la holganza de los colonos.

El lugar, a 2200 m de altitud, ofrecía en verano un clima mucho más benigno que el de la capital u otras zonas más bajas. Pero en su origen y en las fotos que yo estaba viendo, las colinas eran monte bajo en el que solo crecían matas y algunos árboles autóctonos.

La intervención humana había transformado no solo el aspecto de la zona, sino que la forestación había contribuido a alterar el microclima y la composición de la fauna, especialmente de pájaros e insectos, por no hablar de las truchas irisadas que se introdujeron para deleite y esparcimiento de los colonos aficionados a la pesca.

Vistas las imágenes, retome mi búsqueda. Recorrí de arriba abajo el pasillo sin conseguir dar con lo que buscaba. Cuando por fin, en aquella pieza enorme y desierta, apareció un caballero, volví a preguntar.

Muy amable, me indicó un lugar en mitad del corredor, pero yo seguía sin identificar la puerta e insistí hasta que el buen hombre, con una paciencia infinita, me dijo: «¿No lo ve señora? Sí, sí, está debajo de ese cartel en el que pone “Powder Room (tocador)”». Definitivamente estábamos en la Inglaterra victoriana.

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