Recuerdos: Carencias

Una de las primeras cosas que me llamó la atención cuando llegué a Zimbabwe allá por 1983 fue el tipo de papel que se usaba.

Era un papel de color ahuesado, basto y sin barnizar sobre el que los bolígrafos se deslizaban con suavidad, pero al que no le gustaba la tinta de las plumas o los rotuladores, que se corría dándole a lo escrito un aspecto fulero.

Impresos en aquel papel reciclado, conservo informes escritos máquina o con ciclostil e incluso libros de texto, de poesía, de literatura.

Cuando volvía de visita a España y traía algún volumen para regalar, quienes los recibían no podían evitar a menudo cierta expresión de extrañeza, como si el obsequio tuviera alguna tacha.

Pero para expresión de extrañado disgusto, recuerdo la de mi madre al verme poner en la maleta dos kilos de sal. La mujer no podía entender, y no logré explicárselo, que, en el Zimbabwe adonde regresaba, no había forma de adquirir algo aparentemente tan básico y ordinario como la sal.

Para mí, había carencias a las que me resultaba fácil adaptarme, quizá porque sabía que serían más o menos pasajeras, tal vez porque en alguna esquina de mi mente albergaba la idea de que siempre podría volver a Europa, donde podía disponer de lo precisado.

No fui consciente de lo que los llamados shortages, las faltas temporales de algunos productos, me afectaban hasta que, en otra de mis visitas a España, me encontré ante el expositor de las pastas de dientes en unos grandes almacenes.

No salía de mi asombro ante la cantidad y variedad de los dentífricos; contemplaba todo aquello absorta y maravillada hasta que una dependienta se me acercó y me hizo esa pregunta recelosa que intenta disuadir del hurto: «¿Puedo ayudarle?».

«Gracias —le conteste— es que aquí hay tantas pastas de dientes; de donde vengo solo suele haber una, y ahora ni eso», lo cual era cierto, pues por falta de los tubos en los que iba envasado el dentífrico, la pasta de dientes había desaparecido de las tiendas en Zimbabwe.

La dependienta me miró de arriba abajo como si ante sí tuviera a alguien descabalado o llegado de otro planeta. Me pareció que el desconcierto la prendía y se fue abandonándome en medio de mi incertidumbre.

Entonces me percaté de cuántas cosas damos por descontadas.

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