Recuerdos: Kariba

Era febrero de 1986 y, por razones que no vienen al caso, necesitaba unos días de asueto lejos de Harare. A pesar de mi reticencia a visitar lugares turísticos, terminé reservando estancia en una de las islas del lago Kariba.

En realidad, ni el lago es tal ni las islas lo son. Se trata de un enorme pantano cuya presa se construyó entre 1955 y 1959 para embalsar las aguas del río Zambeze y proporcionar electricidad a Zambia y a Zimbabwe.

De su ubicación en la garganta de Kariba le viene el nombre y las islas son elevaciones que las aguas no pudieron ahogar. Tampoco pudieron cubrir todos los árboles cuyos grises troncos y brazos desnudos, aún hoy, señorean erguidos.

También hay una localidad homónima, edificada durante la construcción de la represa para alojar a los obreros que en ella trabajaban. Cuando yo estuve allí, servía como lugar de tránsito, especialmente para los turistas que volaban hasta su aeropuerto con intención de visitar la zona.

En el muelle me recogió un amable lanchero que me trasladó al alojamiento en su fueraborda. El tiempo estaba revuelto y se había desatado una mareta: la motora más que surcar las aguas saltaba de ola en ola impactando cuando caía contra una pétrea superficie cuyo lamento esparcía miríadas de lagrimillas. Durante aquel viaje entendí lo dura que puede ser el agua.

Al llegar a mi destino, vi que iba a hospedarme no en un hotel al uso, sino en uno de esos establecimientos de hostelería conocidos como safari lodge: una serie de cabañas —con un dormitorio, un cuarto de baño y una terraza cada una— ubicadas en las proximidades de un edificio que alberga la recepción, la oficina, la cocina, algún espacio común, como un bar, y el comedor, estos últimos abiertos pero techados.

Mi habitación, como todas las del complejo, estaba en un altozano y daba al lago. Al atardecer, se veían antílopes, cebras, búfalos e incluso algún elefante acercarse a la orilla para beber.

Probablemente eran los descendientes de animales que quedaron atrapados en aquella isla, que había sido un cerro, cuando, al crecer de las aguas, buscaban refugio.

Otros, dicen que unos 6 000, fueron realojados en las inmediaciones del pantano, sobre todo, en el parque nacional de Matusadona durante la Noah Operation (Operación Noé).

Los humanos corrieron peor suerte: cerca de 60 000 personas fueron desalojadas de la garganta, algunas por la fuerza; dejaron atrás cementerios y lugares sagrados y hubieron de enfrentarse después a una desarticulación sociocultural traumática.

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