Recuerdos: Harare Gardens

Durante mi estancia en Zimbabwe, entre 1983 y 1989, uno de mis sitios preferidos fue siempre el parque municipal de la capital, Harare Gardens.

Ubicado en el centro de la ciudad, separaba, en aquella esquina noreste del casco, la zona comercial de la destinada a viviendas.

Limitaba al norte con «Avenues», un barrio residencial donde la urbe mudaba su naturaleza en dirección al norte y pasaba de las pequeñas casas bajas adosadas a los chalés con jardines en su derredor.

Al sur, como si fuera un gigante que protegiera el parque, se erigía el monumental hotel Monomatapa, cuyo nombre hacía referencia al poderoso reino homónimo. Con sus 20 pisos y su forma semicircular, que envolvía una esquina del jardín, era uno de los edificios emblemáticos de la localidad; las vistas desde sus habitaciones y salones tenían fama de espectaculares.

Harare Gardens, al mediodía de las jornadas laborables, se convertía en un lugar para almorzar frecuentado por las oficinistas y dependientas, que trabajaban cerca; descansando en los bancos o incluso sobre el césped a la sombra de grandes árboles protectores se las veía, confiadas y relajadas, saborear sándwiches o simplemente reposar, casi todas, descalzas, con los zapatos de tacón a un lado.

A veces, yo también comía en el parque, aunque lo hacía en el merendero aledaño al límite noroeste del parque. Sola o con amigos, me sentaba a uno de los veladores de cemento cuyo tablero estaba ataraceado de manera aparentemente aleatoria con fragmentos irregulares de cerámica.

Al sol, en invierno, o a la sombra del majestuoso árbol que ocupaba el centro de la terraza, en verano, almorzar en aquel establecimiento era gozoso. Las quiches, que incluían varias exentas de carne o pescado, eran la especialidad de la casa.

Sin embargo, cuando iba sola, me decantaba por los egg mayonaise, aunque allí los servían en su versión «deconstruida»: unas rebanadas de pan sobre las que reposaba un huevo cocido partido longitudinalmente en dos cubierto de mayonesa con algo de lechuga y encurtidos al lado; un magno pecado colesteroloso.

Andando por las sendas del parque se podían descubrir en sus claros o bajo alguna de las enormes palmeras que allí crecían, parejas haciéndose las fotos de boda: ellas con aquellos historiados vestidos de novia, llenos de encajes y bordados, que se llevaban en los ochenta (del siglo pasado) y ellos con esmóquines, a menudo de colores también pastel.

Como otros parques singulares, Harare Gardens me resultaba un sereno paréntesis.

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