Recuerdos: Vino y estrellas

Corría el año 1985 y debía de ser febrero, porque estaban vendimiando, cuando un grupo de colegas visitamos la bodega en la que trabajaba un enólogo alemán.

El enorme edificio, de un blanco marfil casi deslumbrante bajo el sol, ocupaba 3700 m2 de superficie sobre los que se erigían dos filas de altas naves abovedadas: a la parte posterior de las 12 naves en la primera, algo más altas, estaban adosadas las de la segunda.

Si no recuerdo mal, nosotros entramos por la parte trasera —formada por las naves más bajas y cuyo interior era casi diáfano—, donde se estaban descargando las cajas con las uvas recién cosechadas. Allí, las dichas se pesaban, se inspeccionaban y se clasificaban.

Recorrimos la senda de las uvas desde su prensado hasta su almacenamiento en unos enormes tanques, en los que el mosto fermentaba.

También nos permitieron un vistazo al laboratorio, donde se controlaba el proceso de vinificación, desde el color hasta el PH o el grado de acidez. Me sorprendió saber que al mosto se le añadía a veces incluso azúcar.

Atravesamos la sala de barricas, donde el vino reposaba y, en algunos casos, envejecía.

Finalmente, llegamos a una sala con posters que glosaban variedades de vinos y mapas de las regiones vitivinícolas, sobre todo alemanas, y con varias cubas que hacían las veces de mesas; allí nos ofrecieron una sápida cata.

Nosotros íbamos preparados como si la visita fuese una excursión y, ya antes de que nos sirviesen el vino en unas elegantes copas de cristal, habíamos convertido la superficie de una de las cubas en un bufet, que incluía pan, queso y otras ricas viandas para empaparlo.

Comiendo, bebiendo —los que conducían casi nada— y charlando pasamos la tarde. Cuando salimos ya era de noche.

Cada uno tomó una dirección y, al cabo de unos kilómetros, el motorista y yo, que viajaba con él de paquete, estábamos solos en medio de una extensa llanura bajo la grandiosa bóveda celeste, de un azul tan oscuro que sus límites se hubieran confundido en el horizonte con el suelo si no fuera porque estaba tachonada de estrellas: muchísimas, muy juntas, muy apiñadas.

Allí dónde no se veían estrellas, se intuía la superficie terrestre. Paramos. La luna debía de ser nueva, pues no se la veía por ninguna parte; en cambio las estrellas fulguraban por doquier: grandes, medianas, pequeñas formando esas constelaciones que nunca he sabido nombrar, pero que aquella noche incluso yo pude distinguir.

Reinaba un silencio imponente y me sobrecogió la inmensidad: sentí que era una partícula minúscula en el espacio infinito.

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