Debía de ser septiembre de 1985 cuando quien era a la sazón mi jefe me invitó a visitar, con él y el técnico que llevaba el proyecto, un pueblo en el que trabajábamos. Creo que mi jefe me veía poco bregada en las relaciones con el mundo rural y, desde luego, aquella fue una valiosa experiencia para mí.
Los lugareños nos recibieron cordialmente cuando llegamos. Saludamos respetuosamente al cabeza del lugar, que nos invitó a sentarnos en unas banquetas junto a él bajo el entoldado.
Para entonces yo ya había aprendido que, en una reunión, la altura del asiento y su ubicación —aquí estaba en el centro— son un signo de autoridad; de hecho, el resto de los hombres estaban sentados o acuclillados en el suelo.
Vi que, frente al entoldado que ocupaban los hombres, había otro, separado del «androceo» por un pasillo de tierra compactada (a base de barrer y echar agua), cuyo suelo estaba cubierto con mantas. Allí habían comenzado a sentarse las mujeres.
Así que, de la forma más respetuosa que supe, indiqué que prefería sentarme entre las mujeres. Me pareció que ellas se alegraban, que el cabeza del lugar se sentía aliviado y que mi jefe, con su inconfundible cara de póker, asentía.
Hubo discursos y cerveza de siete días, que bebimos de cuencos compartidos, uno para las mujeres.
Cuando nos disponíamos a irnos, surgió una voz femenina, como una suave llamada, a la que respondieron las demás en una espontánea polifonía que me estremeció primero y me conmovió después. No entendía lo que decían, pero la fuerza y la intensidad de aquella increíble armonía me arrobaron.
Hasta que llegué a Zimbabwe no había oído nada parecido; de hecho, calculo que la única música «africana» conocida para mí era aquella versión «disco» que hicieron Boney M de Malaika, la canción de amor que grabó primero Fadhili Williams y a la que luego dieron fama Harry Belafonte y Miriam Makeba.
Con el tiempo aprendí a apreciar la música de Thomas Mapfumo, Oliver Mtukudzi o incluso la de Stella Chiweshe, virtuosa y maestra de la mbira, ese instrumento de Zimbabwe —y de Mozambique— cuya caja de resonancia suele ser la cáscara de media calabaza en la que se incrusta una pletina a la que se unen las teclas de metal de distinto tamaño y grosor.
En origen, la mbira era un instrumento reservado a los hombres, especialmente a aquellos que podían comunicarse con los antepasados.
En Zimbabwe descubrí que la música es bastante más que una «sucesión de sonidos modulados para recrear el oído».
