Recuerdos: La ida

Cuando me surgió la oportunidad de viajar a Zimbabwe, en principio para unos meses que luego se convirtieron en años, mi situación económica era un tanto precaria y no podía permitirme un billete con una aerolínea como Lufthansa o British Airways.

Sin embargo, en aquellos años ochenta del siglo pasado había otras opciones. Desde las compañías de autobuses, cuyas rutas regulares cubrían distancias de miles de kilómetros y recorrían varios países, hasta los buques de carga que admitían un número reducido de pasajeros, pasando por las aerolíneas «comunistas», con sus vuelos trans- e intercontinentales, todos ofrecían viajes a precios asequibles para bolsillos modestos y cuerpos resistentes.

En plena Guerra Fría las líneas aéreas, además de ser un emblema nacional, reflejaban la ubicación ideológica del país a un lado u otro del telón de acero. Así, las del bloque occidental solían ser miembros de la Asociación Internacional del Transporte Aéreo, IATA, cuya adecuada normativa observaban, en tanto que las del soviético atendían a las reglas algo más laxas del Consejo de Asistencia Económica Mutua o COMECON  (su acrónimo en inglés).

Yo opté por una de estas últimas, la búlgara Balkan Air, y tuve la sensación de que traspasaba la extraña divisoria entre el «Este» y el «Oeste» para adentrarme en un mundo, al creer de Europa, sombrío, un tanto temible e incluso quizá siniestro.

Similar aprensión había sentido cinco años atrás cuando,  junto con otros estudiantes europeos, viajé en autobús a través de la República Democrática Alemana y visité los dos «lados» del Berlín separado por el Muro. Hicimos el viaje de noche y, como guinda para el desasosiego, nos habían advertido que estaba prohibido detenerse durante el recorrido. Más tarde, la visita al Berlín oriental, un día gris de febrero con las horas contadas para el regreso después de superar nimios pero fastidiosos trámites aduaneros (que se repitieron a la vuelta), me llenó de zozobra.

Y con aquella evocación y cierto recelo, me embarqué en un vuelo cuyo trayecto dibujaba sobre el mapa un curioso zigzag, pues partiendo de Frankfurt, en Alemania, con destino a Harare, la capital de Zimbabwe, realizaba escalas en Sofía (Bulgaria), Trípoli (Libia) y Lagos (Nigeria).

En Sofía, de los muchos pasajeros que habíamos llenado como sardinas en lata aquel avión de interior ajado, solo quedamos seis en tránsito. Congregados como niños de colegio a la llamada «Transit, transit!», seguimos obedientes a una azafata que iba abriendo con llave —y luego cerrando tras nosotros— puertas y rejas hasta llegar a una sillería, vallada a media altura, en medio de una enorme sala vacía con un ventanal cortinado y grandes puertas de madera. Allí nos dejaron durante una hora larga para luego pastorearnos, creo recordar que por la pista, de vuelta al avión.

En Tripoli ni siquiera bajamos del aparato durante todo el tiempo que estuvimos parados aquella noche. En Lagos nos desembarcaron de madrugada en una terminal grandiosa con columnas doradas y poltronas de cuero negro por la que deambulamos durante varias horas. Cuando de nuevo subimos a bordo aún nos quedaban miles de kilómetros que recorrer. Pero eso lo dejo para otro día.

 

 

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