Cuando fui a Kariba en 1986, el paquete turístico que había reservado incluía una excursión por los alrededores lacustres del alojamiento.
Así que al día siguiente de mi llegada, después de comer, un fornido pero amable caballero —calco del paradigma de guía que representa Victor Marswell (Clark Gable) en Mogambo, aunque bastante menos mujeriego— me esperaba, a mí sola porque era temporada baja, en el embarcadero del lodge.
Subimos a bordo de su chalana y nos acercamos a un desfiladero cuya pared se alzaba tan alta que, incluso siendo mediodía, cubría con su sombra una vasta extensión de las aguas en cuya parte central nos detuvimos.
El guía, susurrando apenas, me advirtió de que en la ladera anidaban águilas pescadoras y añadió que, si no hacíamos ruido, quizá viéramos alguna. Me quedé muy quieta, casi conteniendo la respiración, mientras contemplaba la escarpadura cubierta de vegetación oscurecida por la sombra y miraba luego de hito en hito al cielo.
Poco tuvimos que esperar: de pronto y como por encantamiento, apareció un águila de envergadura impresionante con cabeza y cuello blancos que se abalanzaba hacia el agua. Tal era su velocidad que me fue imposible distinguir cuando, o incluso si, tocaba la superficie del pantano para elevarse al instante con un enorme pez entre sus garras.
Permanecimos allí unos minutos en un recogimiento semejante al que se observa en un templo. Después el guía volvió a los remos y nos fuimos alejando lentamente de la umbría a los pies del acantilado.
Ahora el sol en su cénit clareaba la superficie acuosa hasta disfrazarla de espejo. A cierta distancia el extraño borboteo de unas ondas rompía el efecto. De súbito emergieron los ojos de varios hipopótamos, alguno bramó y otros sacaron la cabeza exhibiendo sus ciclópeas fauces.
El guía me indicó que no dijera nada y, bogando despacito y silencioso, nos alejó de aquellos inmensos mamíferos más peligrosos de lo que su aspecto bonachón y sus tardos andares sugieren.
Al atardecer llegamos de vuelta al resort. Me senté en la terraza para contemplar la puesta de sol y, mientras me tomaba un sundowner, esa copa que se bebe durante el ocaso, pude ver a una manada de elefantes que se acercaba a la orilla para beber. Me sentí privilegiada por el arrobo de naturaleza que vivía aquella tarde.
Cuando, después de cenar y camino de mi cabaña, me crucé con el empleado que se encargaba de alimentar con leña las calderas de cada habitación para que los huéspedes siempre tuviéramos agua caliente, recordé que quizá ni él ni su familia ni los vecinos de su pueblo les tuvieran demasiado afecto a los elefantes o a los hipopótamos.
Los primeros, en tiempos de sequía o escasez, pueden arrasar campos y cultivos; los segundos suponen un peligro, sobre todo, para los pescadores más humildes que carecen de las embarcaciones o las artes adecuadas.
