La pandemia y las comparaciones imposibles

Al inicio de la pandemia se auguraban situaciones apocalípticas en África; siete meses después, la realidad es otra bien distinta a pesar de que siga habiendo quienes tengan dificultades para reconocerlo (otra rémora del pensamiento colonial y eurocéntrico). Hay quienes afirman que los datos resultan de una infradetección de los contagios y de los fallecimientos causados por la afección pulmonar, pero esta explicación puede aplicarse igualmente a otros lugares en los que las cifras no se ponen en tela de juicio. Además, resulta difícil ocultar la mortandad, sea donde sea que se desate.

Dicho esto, África, con una población estimada de 1.276 millones de habitantes, según la organización de las Naciones Unidas, registraba, el 26 de octubre del presente, 1.291.315 casos confirmados de covid-19, lo cual supondría un 0,1% de la población frente al 1,2% (9.255.953 casos) en Europa o más del 2% (936.560 casos) en España. Además, la letalidad en África (2,3%) es inferior a la de Europa (3,2%)  o América (3,3%) y solo superior a la que se observa en  la región del Pacífico occidental (2,1%), constituida por Oceanía y algunos países de Asia oriental.

No obstante, cabe recordar que «África no es un país» y que, por lo tanto, tampoco la incidencia de la enfermedad ha sido uniforme en el continente. Así, por ejemplo, en el mes de agosto de 2020, durante el pico de la pandemia allí, en Liberia se confirmaban 2,3 casos de covid-19 por cada 100.000 habitantes, mientras que en Sudáfrica la proporción era de 230 casos por cada 100.000 habitantes, tal como recoge el informe de la Partnership for Evidence-Based Response to COVID-19 (PERC).

Con todo, se puede afirmar que la situación epidemiológica es mejor en África que en Europa a tenor de la evidencia, aunque todavía no se han identificado con precisión los motivos, dadas las muchas variables que se han de analizar: desde los factores tienen que ver con rasgos individuales —como la edad, el sexo, el estado de salud, el grupo sanguíneo o la herencia— hasta los que están relacionados con las características del entorno —la densidad de población, el grado de urbanización, el nivel de contaminación medioambiental o el clima— pasando por los que se derivan de la gestión sanitaria.

Cabe añadir que hacer análisis comparativos entre continentes resulta cuando menos laborioso, pues los datos que ofrecen las distintas fuentes se presentan de modos dispares, incluidos los que publican las oficinas regionales de la Organización Mundial de la Salud (OMS): en tanto la de África ofrece porcentajes de letalidad o recuperación (73,6%), la de Europa muestra totales y se fija más en la evolución del número de casos. Por no hablar de la multiplicidad de datos desagregados que pueden encontrarse por doquier, no siempre de fuentes fiables.

Se manejen como se quiera los datos, la realidad demuestra que la incidencia de la pandemia en África está siendo menor y, si en algo coinciden los estudiosos y expertos, eso se debe fundamentalmente a la experiencia acumulada en la gestión de otras epidemias, de enfermedades contagiosas, como la tuberculosis o el VIH, o de afecciones de difícil erradicación como el paludismo (también conocido como «malaria»).

En este contexto, tres elementos son fundamentales: el primero, el rastreo meticuloso que permite identificar las cadenas de transmisión para poder romperlas evitando así la propagación; el segundo, la labor de community health workers, personas con una formación básica en cuestiones de salud que, bajo supervisión, proporcionan servicios de atención primaria, incluidos el rastreo de enfermedades y el seguimiento de tratamientos, allí donde no hay profesionales con una titulación universitaria; el tercero, las campañas de información que, además de contrarrestar la desinformación y los bulos, ponen en manos de la gente recursos que les permitan sacudirse la sensación de impotencia.

Así por ejemplo, a principios de febrero Africa Control Disease Centres (Centros de Control y Prevención de Enfermedades de África) publicaba en su página web los primeros folletos destinados al personal sanitario en los que se concretaban los protocolos de actuación; en marzo ya estaban disponibles materiales gráficos con los que se podían llevar a cabo campañas de información pública, entre otras, relativas al buen uso de las mascarillas.

Lo cierto es que las administraciones africanas reaccionaron pronto y de manera contundente. Ya a finales de febrero estaban en condiciones de detectar el virus, impusieron confinamientos estrictos y desarrollaron amplias campañas de información, en muchos casos, antes siquiera de que se registrase el primer fallecimiento.

 

Para ampliar datos, v. fuentes:

«Coronavirus Disease 2019 (COVID-19)», Africa CDC.

Anatole Manzi, «Community health workers are crucial to pandemic response. How to support them», The Conversation, 28 de abril de 2020.

Partnership for Evidence-Based Response to COVID-19 (PERC), Responding to COVID-19 in Africa: Using Data to Find a Balance Part II, 24 de septiembre de 2020.

David Pilling, «How Africa fought the pandemic — and what coronavirus has taught the world», Financial Times, 23 de octubre de 2020.

Population and Vital Statistics Report. Statistical Papers Series A Vol. LXXII. January 2020, Statistics Division, Department of Economic and Social Affairs, United Nations, New York, 2020.

VVAA, Coronavirus Government Response Tracker, Blavatnik School of Government, University of Oxford.

«WHO Coronavirus Disease (Covid 19) Dashboard», World Health Organization.

 

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