Era 1984 y en la segunda quincena de marzo la prensa internacional se hizo eco del Acuerdo de Nkomati, que se decía contribuiría al final del largo conflicto en Mozambique.
Aquel era un país sobre el que yo no sabía nada hasta que llegué a Zimbabwe. Aunque, echando la vista atrás, quizá entre 1974 y 1976 oyera alguna vez el nombre en relación con la Revolución de los Claveles en Portugal y la consecuente independencia de sus colonias.
De lo que en Mozambique ocurría, empecé a enterarme viviendo ya en Zimbabwe, estado que, por cierto, debía en gran medida su propia independencia al apoyo que su vecino al Este le había proporcionado durante años.
Ahora, en medio del conflicto armado entre el ejército y la guerrilla de la Resistencia Nacional Mozambiqueña o Renamo —financiada y apoyada por la Sudáfrica del apartheid—, Zimbabwe mantenía abierto el llamado Corredor de Beira, unos 300 km que unían la ciudad de Mutare, en Zimbabwe, con el puerto de Beira en Mozambique. De aquel esfuerzo militar daba cuenta la prensa local con frecuencia.
Menos se hablaba de quienes buscaban refugio —dependiendo de las fuentes alrededor de 100 000 personas— en un Zimbabwe que a la sazón tenía una población de 7,5 millones de habitantes.
Algo menos de un 1/3 se albergaba en campos ubicados cerca de la frontera, pero la mayoría encontraba su acomodo entre la población autóctona sin solicitar asilo.
Y así, muchos se convertían en inmigrantes, en trabajadores temporales en los sectores de la agricultura y la minería, al estilo de las migraciones laborales que se habían dado durante la época colonial y aún persistían en la Sudáfrica del apartheid.
También había un reducidísimo grupo de terratenientes, que, en contra de la tendencia a abandonar el país tras la independencia —se calcula que el 90% se fueron dejando sus haciendas y, en muchos casos, arrasándolas antes de irse—, habían intentado permanecer al frente de sus explotaciones.
Algunas de esas personas también buscaban seguridad en Zimbabwe: solían entrar con visados de turista y residían durante unos meses en los hogares de familiares o amistades. Sin embargo, estaban obligadas a regresar a Mozambique cada cierto tiempo para evitar la expropiación.
Entre ellas, recuerdo a una mujer, que había perdido a su marido a manos de uno de los grupos armados. Una y otra vez, volvía a la plantación, corriendo no pocos riesgos, a pesar de llevar los salvoconductos exigidos y los fondos necesarios para los sobornos.
Mordidas también para evitar la incautación de aquellas provisiones con las que iba cargada: alimentos, ropa, medicamentos, etc. para quienes se habían quedado en la granja e intentaban seguir cultivando algo, una labor nada rentable y frustrante hasta el desespero, pues en el momento de la cosecha siempre aparecían los militares de uno u otro bando para llevársela.
