Recuerdos: Mozambique y Zimbabwe

Debía de ser 1985 cuando una de mis compañeras de trabajo, en una de esas situaciones extraordinarias tan poco frecuentes, confluencia de estados anímicos propicios y entorno apacible, me contó que había sido guerrillera y que había estado destinada en Mozambique.

No soy yo quién para relatar aquí las confidencias que siguieron, pero aquella conversación me llevó a estudiar los entresijos de las relaciones entonces recientes entre Zimbabwe y Mozambique.

Así supe que el Frente de Libertação de Moçambique o Frelimo —organización que desde 1964 había luchado por la independencia de Mozambique, esto es para dejar de ser colonia portuguesa— había colaborado casi desde el principio con otros movimientos que buscaban devolver a las sociedades africanas sus tierras, sus recursos, sus bienes y sus vidas.

Entre aquellas organizaciones y por la cercanía que da ser vecinos, destacaba el apoyo al Zimbabwe African National Union (ZANU) y a su brazo armado ZANLA (Zimbabwe African National Liberation Army).

La cooperación se había iniciado ya entre finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, periodo en el que los campamentos de las FPLM (Forças Populares de Libertação de Moçambique), a la sazón brazo armado de Frelimo, había alojado en la zona ya bajo su control a las guerrillas de ZANLA.

Cuando Mozambique alcanzó la independencia en junio de 1975, el Frelimo siguió apoyando al ZANU: permitió que la sede del partido en el exilio se trasladase de Zambia a Mozambique; que se construyeran campos de refugiados para quienes huyendo de Zimbabwe buscaban asilo en Mozambique, y que ZANLA estableciera sus bases militares en territorio mozambiqueño.

El amparo le salió caro a la antigua colonia portuguesa: al poco de dejar de serlo, el servicio secreto de su vecina, en aquel tiempo llamada Rhodesia, creó la Resistência Nacional Moçambicana (Renamo) con el doble objetivo de, por un lado, actuar como contraguerrilla frente a ZANLA y, por otro, desestabilizar Mozambique, atacando sobre todo sus infraestructuras.

En aquel rincón de África, apuntaban los analistas, se estaba librando «por poder» la Guerra Fría.

Pero allí se trataba de una guerra nada «fría», era una guerra cruenta y despiadada, que, más allá de enfrentar ideologías —capitalismo contra comunismo leninista o maoísta—, más allá de afrontar principios —racismo contra paridad—, arrasó el alma de quienes en ella participaron y arrastró a la violencia a comunidades que aún hoy no consiguen curar sus heridas.

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