Recuerdos: Tumbas insignes

Unos kilómetros al sur de Bulawayo, la segunda ciudad de Zimbabwe en tamaño e importancia, hay un paraje montuoso conocido como Matopo Hills o más bien Matobo, los calvos, como lo calificó el rey Mzilikazi.

Se trata de 320 000 ha de colinas graníticas, que el tiempo y los elementos han erosionado modelando cimas peladas e insólitos berrocales.

Quizá por la llamativa disposición de sus piedras caballeras y bolones siempre se consideró un lugar sagrado, como atestiguan las pinturas rupestres o las tumbas que aloja.

Entre las últimas, la del propio rey Mzilikazi, quien alejó a su pueblo —que se hacía llamar ‘ndebele’—, de las convulsiones en la región sudoriental de África durante la primera mitad del siglo XIX y lo guio hacia el norte.

Mzilikazi estableció su  kraal, el centro de su reino, en Bulawayo y, cual señor ambicioso otrora valiente adalid en el ejército del rey Shaka, expandió sus feudos desde el río Limpopo, en el sur, hasta el río Zambezi, en el norte.

El imperio, tras pasar a sus descendientes, fue perdiendo lustre y terreno con la llegada progresiva y creciente de misioneros y buscadores —de oro primero y de tierras después—; una llegada facilitada por acuerdos trapaceros, como la Concesión Rudd, fomentados una y otros por el empresario y político Cecil Rhodes.

Hombre también ambicioso y extremadamente hábil en los negocios —se hizo de oro con los diamantes—, buscaba la riqueza como camino al poder —llegó a ser primer ministro de la sudafricana Colonia de El Cabo— para expandir el dominio británico «desde El Cabo hasta El Cairo» e incluso «recuperar los Estados Unidos a fin de convertir a raza anglosajona en un único imperio».

En 1896 el yugo colonial era ya insufrible, así que también los pueblos del territorio que había empezado a llamarse Rhodesia se levantaron en armas.

Para acallar el fuego, Rhodes se reunió con los líderes ndebele y shona precisamente en los Matobo, en el alto pelado conocido como Malindidzimu o lugar de los espíritus.

El sitio le gustó tanto al magnate que dispuso ser enterrado allí. Si Mzilikazi dijo que desde su enterramiento podría ver a su pueblo, Rhodes pretendía ver el mundo desde el suyo.

Cuando en 1985 visité con un amigo el View of the World, me sorprendió que la tumba se hubiese picado en la roca justo en el centro de la cima calva y estuviese rodeada de unas bolas de granito que parecían dispuestas intencionadamente.

Los otros únicos seres vivos que por allí deambulaban eran unos lagartos de cuerpos intensamente coloreados con el arcoíris. En mi desazón, los creí espíritus vigilando que Rhodes no levantase la cabeza. Desde entonces me chirría ver escrito Rhodesia sin ‘h’.

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