Recuerdos: Un silencio inquietante

Era octubre de 1994: mi compañero de equipo y yo teníamos que visitar varias localidades en el nampulense distrito de Lalaua. La más lejana quedaba a unos 65 km, aunque por pistas.

En esas condiciones, la distancia no suele medirse en kilómetros, sino más bien en el tiempo que lleva realizar el trayecto. A nosotros nos dijeron que tardaríamos unas dos horas en completar el camino de ida, pero fueron más, quizá porque condujimos un poco más despacio que quienes nos habían facilitado la información.

El mapa, que aún conservo, estaba dibujado a mano, indicando los desvíos —a modo de mojones— y los kilómetros entre ellos, también, si había casas o árboles en las inmediaciones de la pista y los nombres de los pueblos en nuestro recorrido. Se nota que quien lo trazó, lo hizo con amorosa dedicación y exactitud.

Siguiendo aquella ruta nos encontramos de pronto atravesando un llano baldío por una pista recta con algún que otro suave cambio de rasante.

A los lados crecían dispersos árboles de copas ralas y troncos relativamente delgados, de corteza rugosa y fisurada; a su alrededor agostaban hierbas de altura rodillera y cabezuelas ya vencidas.

Entre la vegetación se veía allá o acullá una senda, transversal a la pista, con recodos aparentemente artificiosos y por nadie transitada.

En aquel lugar tuvimos que hacer una parada técnica y mi compañero detuvo el pickup en medio, justo por donde circulábamos, sin ladearse. Aunque no nos habíamos cruzado con nadie, aquello me sorprendió.

Con las ventanillas bajadas y el motor apagado el silencio nos envolvió. Es cierto que, cuando el calor aprieta, los pájaros, en particular, y el resto de los animales, en general, suelen estar más callados.

Pero aquel silencio era un silencio extraño, lúgubre, estremecedor: no se oía ni un gruñido lejano, ni un reclamo esporádico, ni el chirrido de una cigarra, ni el zumbo de un moscardón, ni siquiera un leve abejeo. Era un silencio absoluto, desprovisto de toda vida.

Mi compañero me dijo que, si tenía que bajar, me mantuviese pegada al jeep y no me acercase a los arcenes, «por si acaso —añadió—, a saber si hay minas».

Entonces entendí el silencio, era el silencio del vacío que crean las minas contrapersonal, del miedo a pisar, a rozar una y quedar cercenado o despedazado por su explosión.

En Mozambique al acabar la guerra, se calcula que había «sembradas» dos millones de minas antipersonal.

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