Recuerdos: Nampula tras la guerra

Era octubre de 1994 cuando viaje a la provincia mozambiqueña de Nampula. Crucé los dedos para que el destino me llevase a Nacala, la ciudad de dicha provincia a orillas del Índico sobre la que tanto había oído cuando vivía en Zimbabwe.

Los hados no me fueron propicios, pero pasé dos días, más bien dos noches, en la ciudad homónima de la provincia.

La urbe, polo de atracción para quienes huían de los combates, los saqueos y la inseguridad en las zonas rurales durante el enfrentamiento armado, superaba a la sazón los 200 000 habitantes y daba fe del devastador conflicto bélico detenido apenas dos años atrás.

Sus edificios —desde los que en su tiempo fueran modernos bloques de viviendas hasta las casas y casitas con jardín en las afueras cercanas, pasando por las construcciones de estilo colonial en el centro— mostraban las marcas probatorias de la contienda: fachadas agujereadas por balas y mordidas por obuses, deslucidas, desconchadas, incluso mutiladas.

En el interior, como el suministro de agua no se había restablecido, muchos cuartos de baño contaban con un bidón de plástico —generalmente azul por proceder de la ONU (Organización de las Naciones Unidas)— con capacidad para unos 100 l de agua; cerca del bidón, o incluso dentro, una jarra hacía las veces de grifo, alcachofa de ducha y similares.

Si no recuerdo mal, la red eléctrica tampoco estaba recompuesta y las luminarias encendidas gracias a los generadores de organizaciones, establecimientos y algún que otro particular eran las que —junto a las pequeñas linternas movedizas—  proporcionaban la escasa luz nocturna en algunos tramos de las calles otrora bien asfaltadas.

Por ellas vagaban niños huérfanos o escapados de casa, niños empujados por la guerra a dejar sus hogares y a separarse de sus padres, niños raptados en su momento por la Renamo o reclutados forzosos del ejército gubernamental y cuya desmovilización no se contemplaba en ninguno de los casos porque eran menores de edad.

De aquellos niños errabundos, uno, del que jamás supe su nombre, ha quedado grabado «en la retina de mi memoria». Hasta hoy nunca le hablé de él a nadie, pero durante años fue él, quien me alentó en el trabajo contra las minas, contra esos artificios explosivos que tantos millones de vidas, también infantiles, han truncado.

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